"La Edad Media atribuyó al Espíritu Santo la composición de dos libros. El primero era, según se sabe, la Biblia; el segundo, el universo, cuyas criaturas encerraban enseñanzas inmorales. Para explicar esto último, se compilaron los Fisiólogos o Bestiarios..."
(Jorge Luis Borges)
 

Anfisbena

Es un animal, normalmente un reptil, con dos cabezas, una en su lugar y otra en la cola, por lo que puede andar en ambas direcciones y también recogerse hasta formar un aro y rodar por el suelo. Sus ojos brillan como ascuas y es muy venenosa, aunque su piel se usa como protección contra las picaduras de otros reptiles.
Anfisbena

Aptalops

También llamado antolops, antula, etc. Su cuerpo es el de un toro, y sus cuernos, en forma de sierra, tienden a enredarse en los arbustos de ricino que crecen a orillas del Éufrates cuando va a beber. Así puede ser cazado. Dicen que su carne, cocinada en vino, da inteligencia a los niños.
Aptalops

Ave Fénix

Es un ave que cada quinientos años repite el mismo ceremonial: vuela de la India cargando canela y hierbas aromáticas, a Egipto donde le han preparado un altar con sarmientos de vid. Se quema en él. Al día siguiente, entre las cenizas aparece un gusanito, que al segundo día se ha convertido en polluelo. El tercer día recupera su aspecto maduro y regresa al hogar. Otras versiones cuentan que vive en Arabia y cuando muere su padre fabrica un huevo de mirra, y dentro encierra el cadáver que luego transportará a Egipto con sus garras.
Ave Fénix

Basilisco

Nace del huevo de un gallo viejo, fecundado por una serpiente e incubado por un sapo. Tiene cuerpo de gallo, patas de ave, alas espinosas y cola de reptil. Su mirada mortal rompe piedras y quema los pastos, y su aliento pudre los frutos y envenena el agua de los ríos. Pero su sangre tiene grandes cualidades terapéuticas. La mejor defensa contra los basiliscos es un espejo.
Basilisco

Borametz

Borametz, cordero de Escitia o cordero vegetal. En Oriente crece esta curiosa planta, una especie de melón o calabaza, de cuyo interior nace un fruto en forma de corderito. Éste devora la hierba que crece a su alrededor hasta donde alcanza y después se seca y muere. Con su lana se confeccionan valiosos sombreros. Es uno de los alimentos preferidos por los lobos. Existe una versión anterior donde los corderitos son frutos que cuelgan de las ramas de un árbol.
Catoblepas

Catoblepas

Animal de tamaño mediano, cuello delgado y cabeza tan pesada que apenas puede levantarla. Una espesa melena cubre sus ojos, y le dificulta la visión. Es una suerte, porque mata con la mirada. Come hierbas venenosas que contaminan su aliento. Algunas versiones dicen que sólo está despierto cuando hay luna.
Catoblepas

Dragón

Es una enorme serpiente alada con patas que lanza fuego por la boca. Suele vivir en cuevas custodiando tesoros. En occidente se le asocia con el Mal, y comparte protagonismo con Hércules, Sigurd, San Miguel, San Jorge, Beowulf, Santa Marta, San Felipe y otros en sus respectivas historias. Algunas partes de su cuerpo poseen poderes extraordinarios: se hacen ungüentos y remedios con sus ojos, corazón, cabeza, cola... y sus dientes hacen que los reyes sean más justos e indulgentes.
Dragón

Grifo

De entre varias posibilidades, comunmente se representa al grifo como un león con grandes alas y cabeza de águila. Su orígen parece encontrarse en Mesopotamia; posteriormente el griego Hesíodo les sitúa en Hiperbórea luchando contra los arimaspes y custodiando un gran tesoro, siempre relacionados con el dios Apolo. Otra leyenda, ésta de orígen medieval, les hace conductores del carro volador que llevó a Alejandro Magno a explorar los cielos. Es enemigo acérrimo de los caballos y los hombres.
Grifo

Hidra de Lerna

En los bestiarios medievales, la Hydra tiene un pequeño papel como dragón de segundo orden, pero su origen griego la convierte en un interesante clásico. Generalmente poseía nueve cabezas de aliento venenoso, de las cuales la central era inmortal. Si se le cortaba una cabeza, enseguida aparecían dos en su lugar. Hércules logró vencerla cauterizando con fuego los muñones que quedaban después de cortar cada una de ellas para que no brotasen de nuevo y enterrando la última bajo una piedra. Su sangre le fue muy útil para envenenar puntas de flecha.
Hidra de Lerna

Lacovia

Por sus enormes dimensiones era tomada por una 'isla viviente', puesto que en la arena acumulada en su lomo podían crecer árboles. Los incautos marineros desembarcan y encienden fuego sobre ella tomándola por tierra firme y, al sentir el calor, el bicho se hunde en los abismos arrastrando a los pobres al fondo. También se le puede llamar aspidochelone. De su boca emana un efluvio dulce que atrae a los pececitos.
Lacovia

Mantícora

También conocida como Martykhora y Mauricomorion. Se describe como bestia con cola de escorpión y cabeza humana, de varias filas de dientes y enorme velocidad. Distintas fuentes no se ponen de acuerdo en cuanto a su voz: unos defienden que es armoniosa y dulce y otros que es estridente y molesta, pero coinciden en su voracidad para devorar hombres. Atención a su cola que lanza dardos...
Mantícora

Sirena

En su parte superior son bellas mujeres y la otra mitad puede ser de ave o pez. Se peinan, cantan, y atraen tentadoramente a los marineros, que enloquecen y abandonan el barco para ir tras ellas. Ulises logró sobrevivir a su música atándose al mástil de su navío. Orfeo las venció con su canto.
Sirena

Unicornio

Es blanco, veloz y posee un largo y recto cuerno en la frente, muy codiciado por sus extraordinarias propiedades terapéuticas. El unicornio se siente atraído por la belleza y el olor de las doncellas, las únicas que pueden apresarlo. Simboliza la pureza y vence al elefante, pero el león, más listo, puede matarle.
Unicornio

Uroboros

Según la Edda de Semund, Jömungard, uno de los tres hijos del malvado Loki y la giganta Argurboda, fue arrojado al mar por Odín, y creció tanto que rodeó la tierra y acabó mordiéndose la cola, causando tempestades con su movimientos. Este monstruo, ya representado por los fenicios, es según Ricino una imagen del tiempo que se mueve en círculo convirtiendo el principio en fin. También es el vientre creador, la ambivalencia universal, señal de que todo lo nacido de la providencia regresa a ella.
Uroboros



Ilustraciones de Anna Ribot
Textos de Anna Ribot y Xavier F.

El conde Vilardell y el dragón de Sant Celoni

Eran tiempos de Ramón Berenguer II, conde de Barcelona (siglo XI), cuando sucedió un hecho maravilloso en un lugar cercano al mágico macizo del Montseny, al norte de la ciudad condal. En este lugar existía una serpiente tan enorme y feroz que nadie se atrevía a pasar por el camino, porque había devorado ya gran cantidad de doncellas.

Pero un día, a la puerta de un hombre llamado Soler de Vilardell llamó un pordiosero, pidiéndole una limosna. Soler dejó su espada un momento y entró a buscar algo para el pobre. Mientras estaba en el interior, el extraño visitante pronunció unas enigmáticas palabras, agradeciendo al dueño del arma que se hubiese apiadado de él, y rogando a Dios que le bendijera y diese fuerza a su brazo. Al salir Vilardell, vió que el pobre se había ido sin la limosna, y al ir a recoger su espada, se dió cuenta de que era otra distinta, mucho mayor y más poderosa, cosa que quedó probada cuando, de un solo tajo, segó el tronco de un gran árbol que estaba cerca. Según cuenta la leyenda, este misterioso visitante era, probablemente, Sant Martí, un santo local.

Mientras, la serpiente gigantesca seguía devorando doncellas. El alcalde tenía una hija de gran belleza (suele ser así) y, al enterarse de las maravillas de la nueva espada de Vilardell, le solicitó que defendiera a su hija y a las demás muchachas de Sant Celoni, de tan terrible animal. El herrero del pueblo dudó de las maravillas del arma, y como prueba, nuestro caballero partió por la mitad una enorme piedra que había allí, ante la mirada incrédula de los vecinos. Dicen que ese es el origen de la (localmente famosa) piedra partida de Sant Celoni.

Bueno, el caso es que Soler de Vilardell, armado con su vieja armadura, a la cual había sacado un brillo deslumbrante, se encaminó a la guarida del monstruo. Al partir, la hija del alcalde le confesó su amor por él, y le dejó en prenda su pañuelo, para que le trajera suerte.

Partió hacia la cueva, y al encontrarse con la serpiente, la atacó con gran valor. Esta se giró furiosa, dispuesta a acabar con nuestro héroe, pero al verse reflejada en la brillante coraza, se confundió, pensando que se encontraba ante una igual, cosa que aprovechó Vilardell para darle un tajo certero, que acabó con el animal de un solo golpe, en medio de un gran charco de sangre.

Al llegar toda la gente del pueblo para ser testigos de su triunfo, el caballero alzó el brazo con la espada en señal de victoria, como tenía por costumbre, pero la sangre del dragón que había quedado en el filo resbaló hacia su brazo, y contactando con su piel a través de la muñeca, le hinchó el brazo con su veneno, matándolo, en medio de los llantos y quejas de su enamorada y demás gentes de la villa.


La Sierpe de Manlleu

Érase una vez una serpiente enorme que vivía en la Devesa, un espeso bosque cercano a Manlleu (al norte de Barcelona). En este lugar no sólo se ocultaba esta criatura, sino también muchos otros animales.

La serpiente lucía melena y en medio de ella, un diamante de gran tamaño. Siempre que acudía al río a abrevar se lo quitaba, no sabemos cómo, y lo dejaba a un lado para recogerlo después. Un habitante del lugar observó esto, y decidió conseguir tan preciada joya. Con sigilo y rapidez se acercó al monstruo y le arrebató el diamante, pero la serpiente se percató enseguida del robo. El hombre huyó a lomos de su caballo, perseguido por el reptil. Entró al galope en el pueblo, y el miedo le hizo refugiarse en una casa donde se ocultó temblando después de atrancar la puerta. La serpiente no podía entrar, pero queriendo recuperar su joya, empezó a golpear furiosamente la puerta. Tan fuertes eran los golpes, que el avispado ladrón temió que ésta no resistiera y escapó por una ventana, mientras los habitantes de la casa ocultaban el diamante bajo un mortero vuelto boca abajo sobre la mesa.

Finalmente, la serpiente consiguió abrirse paso y se dirigió directamente a la mesa donde se encontraba el mortero volteado con la joya oculta. Subió a la mesa, donde intentó darle vuelta al cacharro o buscar un resquicio por donde penetrar en su interior, pero viendo que no lo conseguía, se enroscó alrededor del mortero y empezó a apretar. Éste no cedía, y tanta fuerza hizo para intentarlo, que la sierpe de Manlleu acabó por reventar.


Santa Marta y la Tarasca

En un bosque situado cerca del río Ródano, entre Arles y Avignon, vivía en tiempos de Cristo un dragón con el cuerpo mayor que el de un buey y más largo que el de un caballo. Era una mezcla de animal terrestre y pez. Esta enorme fiera salía a veces del bosque para volcar las barcas del río, matando a los que navegaban en ellas.

Se daba como cierto que este monstruo era hijo de Leviatán (un terrible monstruo marino) y de una fiera llamada Onaco u Onagro, una especie de asno salvaje de la Galacia, y que había llegado desde aquel país asiático nadando por el mar hasta el río Ródano, y siguiendo su curso había llegado hasta donde se encontraba entonces.

Marta, atendiendo los ruegos de los habitantes del lugar, y dispuesta a liberarlos definitivamente del peligro, fue en busca de la enorme fiera. La encontró en el bosque mientras devoraba a un hombre. La santa se acercó, la roció con agua bendita y le mostró la cruz. La terrible fiera, al ver la señal de la cruz y sentir el contacto del agua bendita, se amansó como un cordero. Entonces Marta se le acercó, la ató con el cordón de su túnica y usándolo de correa, la sacó del bosque y la llevó a campo abierto donde los hombres del pueblo la mataron. Hasta aquel día el lugar donde se escondía el monstruo se llamaba Neluc, que significa Lago Negro, de tan oscuro y tenebroso como era, pero a partir de la captura y muerte del dragón, al que la gente llamaba Tarasca, el sitio pasó a llamarse Tarascón.


La Draga de Banyoles

En las postrimerías del siglo VIII, una bestia de terribles dimensiones se había cobijado a orillas del lago de Banyoles, aprovechándose de una caverna de gran profundidad. El monstruo, que era el último descendiente de las bestias prehistóricas que habían habitado la comarca, tenía un aspecto terrible. Tal y como nos lo han descrito los cronistas de la época, tenía el cuerpo cubierto por una gruesa piel con escamas provista de afiladas púas que lo hacían invulnerable a las garras y a las ballestas.

A pesar de sus grandes alas, su descomunal peso no le permitía alzar el vuelo; sólo podía caminar con sus patas, enormes como las columnas de un templo antiguo, y al andar la tierra temblaba como si fuera a quebrarse de un momento a otro. Cuentan que sus ojos desprendían lenguas de fuego, y su aliento era tan pestilente que de un soplido era capaz de secar las plantas, envenenar las fuentes, apestar los campos y contagiar las enfermedades más horribles a personas y animales. Según los testimonios, era una fiera de voraz apetito; si por desgracia un rebaño se cruzaba en su camino, seguro que daba buena cuenta de los infortunados animales.

El pánico, aquella paranoia tan medieval, planeaba sobre Banyoles y sus alrededores. Sus habitantes acudían en masa a iglesias y ermitas a rezar para que alguien les librase de aquella bestia que envenenaba los campos y les llenaba de terror. Nadie, por aquel entonces, osaba ir hasta el lago, y algunos que lo habían intentado no volvieron jamás. La población vivía recluída dentro de las murallas donde, a diario, entraban habitantes de las masías de los alrededores para refugiarse de la amenaza del Dragón. En las casas echaban el baldón mucho antes de que las gallinas se fueran a dormir, y cuando oscurecía no se oía ni un suspiro. Todos temían que, tarde o temprano, la fiera se cansara de devorar corderos o jabalíes y se acercara hasta la muralla para degustar lo que todos creían que era su plato favorito: la carne humana.

Lo cierto es que cada noche una puerta de la ciudad era reventada y consecuentemente desaparecía un ciudadano. Algunos de los que habían presenciado el rapto hablaban de una fuerza descomunal que destrozaba la puerta por mas baldón y por más muebles que hubiera detrás y que unas garras gigantescas se llevaban al morador entre los espeluznantes gritos de mujeres y chiquillos.

Aquella constante sangría llegó a oídos de la soldadesca de Carlomagno que había entrado en nuestro territorio para anexionar y saquear con alguna excusa de trámite, por entonces la caza y captura de sarracenos. Los soldados se paseaban ebrios de orgullo. Después de vencer a los de la media luna se creían que la caza del Dragón sería un buen pasatiempo para esperar la próxima batalla. Una columna de aquellos insensatos se plantó en "la Draga" (terrenos donde el Dragón tenía su morada, hoy convertidos en un magnífico parque) con sus caballos, sus espadas y sus estandartes.

Todos creían que sería tan fácil como cazar una zorra coja, pero una vez llegados hasta la hendidura donde se refugiaba el Dragón, una vaharada pestilente les envolvió. De repente se hallaron en medio de una nube tóxica que les hacía toser y les cegaba. Intentaron dar media vuelta para alejarse de aquel espantoso vapor pero se encontraron cara a cara con la bestia que salía a su encuentro. Algunos de ellos redondearon su insensata acción esgrimiendo la espada y encomendándose a su patrón. Pero, como un jabalí que a su paso aplasta los zarzales y destroza los sembrados, el Dragón convirtió aquella columna de bellacos en una alfombra de pieles y escudos nobiliarios.

El descalabro, el primero que habían tenido las tropas del emperador, fue transmitido a éste de la forma en que a los reyes se les comunicaban las noticias: magnificando la heroicidad de sus hombres y relatando que el enemigo era cien veces superior.

El emperador en persona quiso dirigir la revancha, lo cual ya indica que se trataba de un tipo mas bien obtuso y bastante irresponsable. Así, Carlomagno capitaneó la flor y nata de su tropa. Atravesaron la ciudad con augurios de victoria y no se olvidaron de exigir a los ciudadanos comida, ropas y monedas de plata. Algunos, en sus adentros, pensaron que aquella soldadesca era tanto o más voraz que el Dragón.

Cuando el caballo del emperador pisó las tierras de "la Draga", Carlomagno alzó su mítica espada que a aquellas horas de la mañana brillaba como las aguas del lago. Sus hombres lo imitaron y sobre aquellas tierras cayó un resplandor como de metal. El Dragón salió pausadamente de su guarida, parecía cansado, se movía muy pesadamente. Carlomagno, embargado de ardor guerrero, galopó al acoso de la bestia. Quería degollar al animal ante sus hombres y, seguramente, pretendía alimentar su leyenda de héroe invencible.

De lo que pasó a continuación nos han llegado dos versiones:

La de los cronistas a sueldo de Carlomagno explicando que la batalla acabó en tablas, y la de los campesinos del "Lió" (lugar próximo a la "Draga"), que siguieron la batalla desde la colina y vieron cómo la bestia lanzó su terrible aliento sobre el caballero y éste cayó al suelo abatido. Sus tropas, en vez de ayudarle, huyeron hacia el pueblo, y el caballero, solo y desamparado, se arrodilló y pidió perdón al animal en medio de aquella nube infecta, pero el Dragón se volvió a su guarida para no oir los lamentos del patético emperador.

Después de aquel estrepitoso fracaso de las armas por doblegar al Dragón, continuó la misteriosa desaparición nocturna de habitantes del pueblo. Cuando ya se contabilizaban un centenar de desaparecidos, una comisión de ciudadanos fue en busca de un reconocido monje que había entrado con las tropas de Carlomagno. Se trataba de un religioso narbonés conocido por el nombre de Mer (*) y que se había ganado fama de hacer milagros. El monje accedió a las peticiones de los ciudadanos. Llegó a Banyoles y, rezando, se encaminó hacia la guarida del Dragón.

Cuando la bestia salió de su refugio se quedó mirando a aquel hombrecillo que no paraba de rezar y, según parece, la bestia no hizo ningún gesto de ferocidad, al contrario, siguió al monje como si de un cachorrillo se tratara. Al llegar a la plaza del pueblo, la multitud esperaba temerosa la reacción del animal, y algunos de los presentes blandían toda suerte de armas.

"He aquí vuestra fiera maligna, el espantoso Dragón -gritó el monje-. Ya podéis guardar las armas, no os hará nada".

La gente se acercó al animal que los miraba complaciente, y todos se preguntaban qué había hecho el monje para amansarlo de aquel modo.

Alguien de entre el gentío gritó: "Ahora que lo tenemos amansado, matémoslo."

"Bien os guardaréis de hacerlo -contestó el monje-. Esta bestia es inofensiva, sólo come hierbas y raíces."

"¿Y la gente que ha desaparecido?"

"Todos los desaparecidos están sirviendo a las órdenes de Carlomagno. Pronto volverán a casa, no temáis."

"¿Y los rebaños que se ha zampado?"

"Carlomagno sabe algo de ello, él y sus cocineros."

Un niño salió de entre el público espectante, y se acercó a la bestia que lo miraba cariñosamente. El niño acarició al animal, y después de él otros le imitaron.

Al final, el monje condujo de nuevo al Dragón a su guarida donde aún a veces, cuando alguien osa perturbarle el sueño, lanza su terrible aliento.


(*) Sant Mer = San Emerio.


Advierto que la tradición cuenta que esta historia la protagoniza una Vibra, o Víper, es decir, una Dragona.

Sant Jordi de Montblanc

Muchas poblaciones reclaman la leyenda de San Jorge y el dragón como propia. En Montblanc (provincia de Tarragona) se sitúa una de las más famosas en Catalunya.

Su dragón era el más poderoso de los dragones, podía moverse por la tierra y el aire... y su princesa la más princesa de todas porque era la mismísima hija del Rey. El dragón aterrorizaba a la población con su apetito y su terrible aliento. Cada día devoraba dos corderos, y tampoco se saciaba con caballos o bueyes. Entonces decidieron ofrecerle seres humanos. Las víctimas se decidían por sorteo, y el Rey, que era el más regio de los reyes, incluyó a su familia en ese sorteo. Con lo cual, naturalmente, acabó tocándole el turno a su hija. El Rey acató el destino y no quiso cambiarla por ningún otro ciudadano, aunque muchos se ofrecieron en su lugar puesto que la princesa era muy popular y querida por sus virtudes. Pero ésta, vestida de blanco, marchó al sacrificio. Ya en el bosque y con el testimonio de los lugareños que observaban desde las murallas, apareció como era de esperar un joven caballero, armado de pies a cabeza con brillante armadura y montando su blanco caballo. La princesa le rogó que se alejara por su propia seguridad. El hermoso extranjero, llamado Jordi, le informó que venía de muy lejos para salvarla. Entonces envistió al dragón, que ya atacaba a la princesa, con tal furia que la bestia quedó confundida y derrotada. Seguidamente el héroe lo remató con su lanza y el dragón desapareció, y en su lugar apareció un rosal de rosas rojas como la sangre. Sant Jordi cogió la más hermosa y se la ofreció a la princesa, montó en su caballo y, entre aclamaciones de la población, cruzó la muralla por la puerta que, aún hoy, lleva su nombre.

Versiones posteriores explican que el joven ató al dragón con el cinturón de ella y el monstruo le siguió manso como un corderito hasta la plaza del pueblo, donde el gentío lo mató.


Sea como sea, la historia surge del libro "La Leyenda Dorada" de Santiago de la Vorágine, que se desarrolla en Libia y donde el protagonista es capadocio.